Mostrando entradas con la etiqueta F. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta F. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de enero de 2010

Autor: Ken Follett


Ken Follett, hijo de Martin y Veenie, nació en Cardiff, Gales y vivió allí hasta que su familia se trasladó a Londres cuando él tenía diez años. Al prohibirle sus padres, cristianos devotos, ir al cine y ver la televisión, desarrolló un temprano interés por la lectura, pero fue un estudiante muy normal hasta que llegó a la adolescencia. En 1967 ingresó en la University College of London, donde estudió filosofía y se implicó en movimientos de izquierdas. Se casó con su primera esposa, Mary, en 1968.

Tras su graduación, en el otoño de 1970, Follett se matriculó en un curso de periodismo de tres meses y consiguió trabajo como reportero en el South Wales Echo de Cardiff. Después de tres años en Cardiff, volvió a Londres como reportero para el Evening Standard. Al encontrar el trabajo poco gratificante, dejó el periodismo por la edición y se convirtió, al final de los años 1970, en subdirector de gestión de Libros Everest. Follett empezó a escribir relatos, al principio como afición, por las tardes y los fines de semana. El éxito le vino con la publicación, en 1978, de La Isla de las Tormentas, que le hizo internacionalmente famoso. Cada una de las siguientes novelas de Follett también se han convertido en éxitos de ventas, y un gran número de ellas han sido adaptadas al cine.

Follett se involucró a finales de los años 70 en las actividades del Partido Laborista. En el curso de sus actividades políticas, conoció a Barbara Follett, una trabajadora del Partido Laborista, que en 1982 se convirtió en su segunda mujer. Barbara fue elegida miembro del Parlamento en 1997, representando a Stevenage, y fue reelegida en 2001. El propio Follett permanece como un prominente partidario de los Laboristas y recaudador de fondos.

Dejando aparte dos trabajos competentes pero poco distinguidos, El Escándalo Modigliani y Papel Moneda, la carrera literaria de Follett ha pasado por distintas fases. La primera, y más distinguida fase comprende La Isla de las Tormentas y los cinco libros (cuatro libros de ficción y otro de no ficción) que le siguieron. Todas eran variaciones del suspense de espionaje clásico, dos agentes audaces y con recursos contra un enemigo numeroso y bien equipado. Los escenarios son tanto cronológica como geográficamente diversos, desde la Europa de la Primera Guerra Mundial en El hombre de San Petersburgo al (entonces) presente Irán y Afganistán en Las Alas del Águila y El Valle de los Leones. Como en los primeros trabajos de Frederick Forsyth, otro periodista convertido en novelista, las primeras obras de suspense de Follett ponen mucha atención en cómo son hechas las cosas. La Clave está en Rebeca, por ejemplo gira sobre los trabajos de un tipo particular de códigos secretos, y los transmisores de radio clandestinos desempeñan un papel principal en La Isla de las Tormentas. Los 6 libros--incluyendo Las Alas del Águila, la historia no ficticia de un intento con éxito de rescatar a dos empleados Americanos de la compañía de Ross Perot, EDS, de Irán después de la Revolución Iraní--siguen las convenciones básicas del género suspense. Los 6 libros, sin embargo, usan estas convenciones de maneras poco convencionales: haciendo al "héroe" de La Isla de las Tormentas un agente alemán, por ejemplo.

La segunda fase de la carrera de Follett fue una salida consciente de la primera: una serie de cuatro novelas históricas escritas en los finales de la década de los 80 y principios de los 90. Los Pilares de la Tierra, la primera de las cuatro, impuso el patrón a las tres que le siguieron. En oposición con las primeras obras de suspense de Follett, figuró un gran reparto, múltiples líneas argumentales, ocasionales explosiones de violencia, y un uso extensivo de trasfondo histórico. Los Pilares de la Tierra, situado en en la Inglaterra medieval, sigue la construcción de una catedral. Noche sobre las Aguas fue un relato al estilo de Grand Hotel que se escenificaba dentro de un hidroavión trasantlántico volando desde una ciudad costera de Gran Bretaña a Nueva York en la víspera de la Segunda Guerra Mundial. Una Fortuna Peligrosa giraba sobre una intriga familiar y de negocios en una gran familia de financieros en la era Victoriana de Londres, y Un Lugar Llamado Libertad tenía lugar en las colonias Británicas en Norteamérica sobre las fechas de la Revolución Americana.


Follett cambió sus engranajes literarios una tercera vez a finales de los 90, con un par de libros situados firmemente en el presente y usando la alta tecnología como mecanismo argumental. En la Boca del Dragón se enfocaba en el uso potencial de terremotos como arma terrorista, y El Tercer Gemelo en los aspectos más oscuros de la biotecnología. Las dos novelas--aparentemente un intento de minar la misma vena de ficción que Michael Crichton-- fueron relativamente poco exitosas. La crítica, así como muchos de sus lectores, encontraron superficiales a los personajes y el esfuerzo por suspender la incredulidad demasiado grande.

Follett volvió al suspense convencional de baja tecnología en Doble juego, una historia de espionaje involucrando agentes soviéticos y americanos en la víspera del lanzamiento de los primeros satélites.

A menos que se produzca otro cambio radical en su producción literaria, la reputación de Follett probablemente descansará en sus primeras obras de suspense (especialmente en La Isla de las Tormentas y La clave está en Rebeca) y en Los Pilares de la Tierra, que él mismo ha reconocido como su mejor trabajo hasta ahora.

Su última novela es Un mundo sin fin, secuela de Los Pilares de la Tierra publicada en octubre de 2007 en inglés y en su versión española el 28 de diciembre de 2007.


Ken Follett junto a su estatua en Vitoria-GasteizEl escritor galés Ken Follett presentó en Vitoria su libro ‘Un mundo sin fin’, la continuación de ‘Los pilares de la tierra’. Cinco años de intensa relación con la Fundación Catedral Santa María, templo cuya reconstrucción ha servido de inspiración al autor para esta novela, le proporcionaron importante documentación sobre el proyecto.

Gracias a ello y a la decisión de Follett de incluir en él una fotografía suya tomada en el coro, la "Catedral Vieja" de Vitoria llegará a millones de lectores. En la promoción de su libro utiliza una serie de instantáneas realizadas en sus visitas a Vitoria ; y en el apartado de agradecimientos el autor reconoce la inspiración que el templo le ha proporcionado, así como toda la ayuda prestada por la Fundación.

Además de presentar el libro y reunirse con sus lectores, Follett inauguró la estatua que representa al escritor a tamaño natural, obra de Casto Solano, que se ha colocado en la plaza de la Brullería en reconocimiento a la difusión que está realizando del templo vitoriano. La pieza, que estará situada en la parte alta de la plaza, se convertirá en un atractivo en sí mismo y encarnará perfectamente la relación de Follett con la Catedral

En su última visita a la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, el 9 de enero de 2008, ha declarado que habrá una tercera parte de dicha saga.[

Autor: Richard Feynman


Richard Feynman se ha convertido en un ídolo para la física de finales del siglo XX, el primer norteamericano en alcanzar este estatus. Nacido en Nueva York en 1918 y educado en la Costa Este, llegó demasiado tarde para participar en la edad de oro de la física, que, en las tres primeras décadas de este siglo, transformó nuestra visión del mundo con las revoluciones gemelas de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Estos rápidos desarrollos sentaron los cimientos del edificio que ahora llamamos la Nueva Física. Feynman partió de estos cimientos y ayudó a construir la primera planta de la Nueva Física. Sus contribuciones alcanzaron a casi todos los rincones de la disciplina y han tenido una profunda influencia en el modo en que los físicos piensan acerca del universo físico.
Feynman fue un físico teórico por excelencia. Newton había sido experimentador y teórico en la misma medida. Einstein era simplemente desdeñoso del experimento, prefiriendo poner su fe en el pensamiento puro. Feynman se vio impulsado a desarrollar una profunda comprensión teórica de la naturaleza, pero siempre permaneció próximo al mundo real y a menudo confuso de los resultados experimentales. Nadie que hubiera visto al último Feynman discutir la causa del desastre de la lanzadera espacial Challenger sumergiendo una banda elástica en agua helada podría dudar de que aquí había a la vez un showman y un pensador muy práctico.
Inicialmente, Feynman adquirió renombre con su trabajo sobre la teoría de las partículas subatómicas, en concreto la teoría conocida como electrodinámica cuántica o QED. De hecho, este fue el tema con el que se inició la teoría cuántica. En 1900, el físico alemán Max Planck propuso que la luz y las otras formas de radiación electromagnética, que hasta entonces habían sido consideradas como ondas, se comportaban paradójicamente como minúsculos paquetes de energía, o «cuantos», cuando interaccionaban con la materia. Estos cuantos particulares llegaron a conocerse como fotones. A comienzos de los años treinta los arquitectos de la nueva mecánica cuántica habían elaborado un esquema matemático para describir la emisión y absorción de fotones por partículas eléctricamente cargadas tales como electrones. Aunque esta primera formulación de la QED disfrutó de cierto éxito limitado, la teoría tenía fallos evidentes. En muchos casos los cálculos daban respuestas inconsistentes e incluso infinitas a preguntas físicas bien planteadas. Fue al problema de construir una teoría consistente de la QED al que orientó su atención el joven Feynman a finales de los años cuarenta.
Para colocar la QED sobre una base sólida era necesario hacer la teoría consistente no sólo con los principios de la mecánica cuántica sino también con los de la teoría de la relatividad especial. Estas dos teorías traían sus propias herramientas matemáticas características, complicados sistemas de ecuaciones que de hecho pueden combinarse y reconciliarse para dar una descripción satisfactoria de la QUED. Hacer esto era una empresa dura que requería un alto grado de habilidad matemática, y este fue el enfoque seguido por los contemporáneos de Feynman. Feynman, sin embargo, tomó un camino completamente diferente; tan radical, de hecho, ¡que él fue más o menos capaz de elaborar las respuestas directamente sin utilizar ninguna matemática!
Como ayuda para esta extraordinaria hazaña de intuición, Feynman inventó un sencillo sistema de diagramas epónimos. Los diagramas de Feynman son una manera simbólica pero poderosamente heurística de representar lo que sucede cuando los electrones, fotones y otras partículas interaccionan entre sí. Actualmente los diagramas de Feynman son una ayuda rutinaria para el cálculo, pero a comienzos de los años cincuenta marcaron un alejamiento sorprendente de la forma tradicional de hacer física teórica.
El problema concreto de construir una teoría consistente de la electrodinámica cuántica, aun constituyendo un jalón en el desarrollo de la física, fue sólo el principio. Iba a definir un estilo característico de Feynman, un estilo destinado a producir una cadena de resultados importantes en un amplio abanico de temas en la ciencia física. El estilo de Feynman puede describirse mejor como una mezcla de reverencia y falta de respeto hacia la sabiduría recibida.
La física es una ciencia exacta, y el cuerpo de conocimiento existente, aunque incompleto, no puede ser simplemente dejado de lado. Feynman adquirió una visión formidable de los principios aceptados de la física a una edad muy temprana, y decidió trabajar casi por completo sobre problemas convencionales. No era el tipo de genio que trabajase aislado en un remanso de la disciplina y diese con algo profundamente nuevo. Su talento especial consistía en aproximarse a temas esencialmente corrientes de una forma particular. Esto implicaba dejar de lado los formalismos existentes y desarrollar su propio enfoque altamente intuitivo. Mientras la mayoría de los físicos teóricos confían en cuidadosos cálculos matemáticos que proporcionen una guía hacia territorios poco familiares, la actitud de Feynman era casi displicente. Uno tiene la impresión de que él podía leer en la naturaleza como en un libro e informar simplemente de lo que encontraba, sin análisis tediosos y complejos.
En realidad, al seguir sus intereses de esta manera Feynman mostraba un saludable desprecio por los formalismos rigurosos. Es difícil transmitir la profundidad del genio necesario para trabajar de este modo. La física teórica es uno de los más duros ejercicios intelectuales, que combina conceptos abstractos que desafían la visualización con una complejidad matemática extraordinaria. Sólo adoptando los más altos niveles de disciplina mental pueden hacer progresos la mayoría de los físicos. Pero Feynman hacía caso omiso de este estricto código de actuación y arrancaba nuevos resultados como frutos maduros del Árbol del Conocimiento.
El estilo de Feynman debía mucho a la personalidad del hombre. En su vida profesional y privada parecía enfrentarse al mundo como si fuera un juego enormemente divertido. El universo físico se le presentaba como una serie fascinante de rompecabezas y desafíos, y lo mismo sucedía con su entorno social. Un eterno iconoclasta, trataba a la autoridad y al estamento académico con la misma falta de respeto que mostraba hacia el formalismo matemático rígido. Con poca paciencia para soportar estupideces, rompía las reglas cuando quiera que las encontrara arbitrarias o absurdas. Sus escritos autobiográficos contienen historias divertidas acerca de Feynman burlando los servicios de seguridad de la bomba atómica durante la guerra, Feynman violando claves, Feynman desarmando a las mujeres con un comportamiento descaradamente atrevido. De la misma forma, lo tomas o lo dejas, trató a su premio Nobel, concedido por su trabajo sobre la QED.
Junto a este malestar por el formalismo, Feynman sentía una fascinación hacia lo extraño y oscuro. Muchos recordarán su obsesión con el país hace tiempo perdido de Tuva en el Asia Central, tan deliciosamente captado en un film documental realizado poco antes de muerte. Sus otras pasiones incluían tocar los bongos, la pintura, frecuentar clubs de strip tease y descifrar los textos mayas.
El propio Feynman hizo mucho para cultivar su personalidad característica. Aunque reacio a poner la pluma sobre el papel, era versátil en la conversación y disfrutaba contando historias sobre sus ideas y escapadas. Estas anécdotas, acumuladas durante años, se sumaron a su mística e hicieron de él una leyenda proverbial durante su vida. Sus encantadores modales le ganaron el aprecio de los estudiantes, especialmente los más jóvenes, muchos de los cuales le idolatraban. Cuando Feynman murió de cáncer en 1988, los estudiantes del Caltech, donde él había trabajado durante la mayor parte de su carrera, desplegaron una pancarta con el simple mensaje: «Te queremos, Dick».
Fue esta aproximación desinhibida a la vida en general y a la física en particular la que hizo de él un comunicador tan soberbio. Tenía poco tiempo para impartir clases formales o incluso para supervisar a estudiantes de doctorado. De todas formas, podía dar brillantes lecciones cuando se lo proponía, desplegando todo el genio chispeante, la intuición penetrante y la irreverencia de que hacía gala en su trabajo de investigación.